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HABLAR DE LA POESÍA
Fina García Marruz (poeta cubana)
Lo primero fue descubrir una oquedad: algo faltaba, sencillamente. Pero, de pronto, todo podía dar un giro, las cosas, sin abandonar su sitio, empezaban ya a estar en otro. La poesía no estaba para mí en lo nuevo desconocido sino en una dimensión nueva de lo conocido, o acaso, en una dimensión desconocida de lo evidente. Entonces trataba de reconstruir, a partir de aquella oquedad, el trasluz entrevisto, anunciador. Relámpago del todo en lo fragmentario, aparecía y cerraba de pronto, como el relámpago.
Los espacios y vacíos del verso reflejaban bien aquel vacío, aquella irrupción. Un libro de verdadera- poesía detenía el encantamiento. Salvo en aquellos instantes felices de sus súbitas visitas, la belleza misma parecía tener como una limitación. El mar que tenía delante de los ojos era sólo aquel mar. En el misterioso deseo, en la nostalgia imprecisa, sentía una mayor intensidad de presencia. El mar en un verso de Keats se acercaba más a aquel mar total, bramador como el deseo o la esperanza. Estaba a la vez cerca y lejos, dejando oír el "viejo son oscuro" y estallando allá donde la espuma, elevándose contra las rocas, rompía a cantar como el coro de las ninfas. La poesía para mí, la viviente y la escrita, eran una sola, estaba allí donde se reunían los tres tiempos de la presencia, la nostalgia y el deseó, sobrepasándolos, encendiendo no sé qué sed.
Más que en lo que tenía delante de los ojos encontraba en la memoria ese poder mayor de detener lo sucesivo, tocarlo en el hombro y hacerle volver el rostro. Recuerdo que una calle a la salida del colegio, una calle lateral que daba al mar, con un gran árbol añoso en su centro, que yo veía a diario con indiferencia, me produjo una vez, al sobrevenirme de pronto su memoria, como una sensación de bienaventuranza. En su nostalgia no había deseo de retorno al pasado sino como una promesa desconocida: el deseo era como un desapego más bien y la sensación de presencia mucho más intensa que cuando lo tuve todo realmente delante de los ojos. Como Cristo a los discípulos de Enmaus, cierta revelación de lo real sólo me ha sido reconocible a precio de desaparecer.
No puedo decir que fuera aquel un paraje especialmente bello. Nunca he sentido la belleza como una cualidad que puedan tener o no tener las cosas sino como su esencia constante sosteniéndolas, que puede revelárseme o no. Por esto la poesía y "lo poético" me parecen en realidad cosas antitéticas. Lo que encuentro "poético" está ya limitado por mi particular elección o propósito embellecedor. Es algo demasiado excluyente, caprichoso, temperamental. La belleza, o lo es todo, o sería la misma cosa que la injusticia.
Ahora siento menos que en la adolescencia ese imperio de la memoria y el deseo. El hoy humilde me parece. el verdadero alimento. Pan nuestro de cada día, no lo excepcional, sino lo diario que no cansa, ni estraga, y que sustenta. Vivir en esa especie de disparadero del proyecto incesante, menudo o magno, escamotea muchas veces su maná precioso sosteniéndonos. Que ningún acto que realicemos en el día, ni aún el más modesto, sea mecánico. Que podamos tender la cama con la misma inspiración con que antes se iba a ver la caída del crepúsculo. La mujer que cose un roto, la que enciende el fuego, la que barre el polvo, contribuye también al orden del mundo, a la caridad más misteriosa: sirve a la luz. Esto no excluye otros órdenes y otras órdenes de más vasto alcance. Se trata de rescatarlo todo, no sólo lo que no poseemos aún sino lo que poseíamos sin darnos cuenta. Se trata también del servicio misterioso.
No se debiera tener "una" poética. En la poética personal debieran entrar todas las otras poéticas posibles. Que el sinsonte y "el divino doctor" no se recelen mutuamente. Que el arte directo no excluya el viejo preciosismo. La naturaleza crea el ala para el vuelo pero, después, la decora. El realismo verdadero debiera abarcar el sueño y el no-sueño, lo que tiene un fin y lo que no tiene ninguno, el cacharro doméstico y la Vía Láctea. Ningún otro realismo que el de la misericordia.
El bromista Cocteau dijo una de las cosas más lúcidas que: se han dicho de la poesía: yo sé que la poesía sirve para algo, lo que pasa es que no sé para qué. Algunos ven a Cocteau como a un payaso, pero a ellos les recordamos lo serios que son los payasos y cómo, tantas veces, han sido los bufones los únicos que le dijeron la verdad al rey.
En todo verdadero poema hay un elemento que escapa a su creador mismo. Señalar fines a la poesía, no importa su bondad intrínseca, es pretender conocer de antemano los límites y contenido de ese impulso necesariamente oscuro en su raíz, es ignorar las exigencias de ese organismo tan delicado como desconocido cuya potencia de visión, profecía o conocimiento es tanto mayor cuanto menos pueda ser manejado por una voluntad siempre menos sabia que él. El fin no opera en la poesía, como en cualquier otra creación viviente, al ¡nodo como opera en una máquina, que sólo tiene la materia que necesita para lograr su objetivo. Una creación viviente no es nunca el resultado de sus elementos formadores sino ese espacio a que se adiciona un número desconocido. Señalar fines a la poesía, por elevados que éstos sean, es no comprender que el poeta ha de vivir dentro de ella como dentro de algo que lo excede y no que él maneja a su gusto, de modo que se puede decir que la poesía vive menos dentro de él que él dentro de la poesía, como creyó la vieja teología que no ora el alma la que estaba dentro de] cuerpo sino el cuerpo dentro del alma. Es porque la poesía no es otra cosa que el secreto de la vida, por lo que siempre escapará es la noción de fin visible. El fin no es en ella, como en la máquina, el instante último de su movimiento, sino una instancia ¡superior que le es paralela, acechando, juzgando, ennobleciendo, transparentando lo invisible.
Nadie entienda con esto que defendemos el desacreditado "arte por el arte", como si algo pudiera constituirse en fin en sí mismo sin negar la esencia de la caridad. Debiera cesar la envejecida polémica de arte puro y arte comprometido. Ni arte "puro" ni arte "para". Sólo la mala intención puede confundir el respeto hacia aquellos cuyos fines nos son desconocidos con la ininteresante pelea entre lo mecánico y la intrascendencia. La prosa, decía Brull, se hace con lo que conocemos; la poesía, con lo que desconocemos. Imagino la poesía como la súbita captación de aquello que seguiría existiendo aún cuando yo no lo viese.
Poeta es ese extraño cazador que sólo da en el blanco cuando el pájaro salta, libre. Poesía en incorporar, no destruir, tener la sospecha de que aquel que no es como nosotros tiene quizás un secreto de nuestro hombre.
Si pudiéramos hablar de la poesía del mismo modo como ella calla su esencia sin proclamación 1 Todo poeta siente, al trabajar, que sus palabras son moldeadas por un vacío que las esculpe, por un silencio que se retira y a la vez conduce el hilo del canto, y toda su impotencia y toda su fuerza consiste en la necesidad de desalojar a ese único huésped necesario. El silencio es en la poesía, como en la naturaleza, un medio de expresión. La poesía vive de ¡silencios, y lo más importante es, quizás, ese momento en que el pulso se detiene y va a la otra línea de abajo. La prosa sigue siempre, no necesita de esa detención, en la que se encuentra sólo lo que se rompe. Poesía palabrera no es poesía. Cintio me recuerda siempre que la poesía no es decirlo todo sino decir la mitad, o más. bien, sugerir una totalidad a través de un límite. Cierto arte ambicioso que quiere alcanzar lo ¡límite de primera mano me produce siempre un efecto empequeñecedor. Denme el conocimiento de un límite y la más simple frase melódica me puede llevar de la mano a lo insondable.
En lo humano, he sentido siempre la poesía en aquellos raros seres capaces de darnos alegría, que no son siempre, necesariamente, los más alegres. Aún la existencia más dichosa es tan trágica que la alegría me ha parecido siempre lo más conmovedor, porque quien nos la da también es un mendigo. Adoro esa bondad involuntaria, capaz de sonreír en la miseria, esa humildad desgarradora de la alegría. El hogar en que conviven, el sitio por donde pasan seres así quedan llenos de inspiración permanente. Un rayo sólo de esa luz y el mal retrocede como ante un escudo.
Chaplin cuenta en su Autobiografía cómo su madre alegraba el oscuro sótano de la calle Oakley en que vivían comprando narcisos con los pocos peniques que cobraban o poniéndose sus trajes viejos de actriz de teatro para hacer imitaciones burlescas de los actores que vio trabajar en su juventud, y nos cuenta que la tarde en que estando él convaleciente de fiebres, empezó su madre a leerle los relatos evangélicos, ya entre dos luces, deteniéndose sólo para encender la lámpara, encendió también en él la luz más benigna que jamás conociera el mundo, la que diera a luz todas las grandes obras del teatro y de la poesía: el amor, la compasión, la humanidad.
¿Quién sabe de qué fuente modesta e inatendida saca el hombre para siempre su decisiva elección del bien o del mal, el desinterés que preside el menor descubrimiento científico, o su ulterior sentido de la belleza?
¡Qué alta pedagogía la que respetase el tiempo libre, no programado, el único quizás, en que se aprenden las cosas que no se aprenden!
El mismo Chaplin cuenta del Londres de su niñez, de sus viajes sentado en el ómnibus de caballos, junto a su madre, intentando alcanzar al paso los árboles llenos de lilas; de los billetes naranja, azul y verde que cubrían el pavimento en las paredes de los ómnibus y tranvías; de los domingos melancólicos; de las rubicundas floristas en las esquinas del puente de Westminster que hacían ramitos para la solapa "manipulando con sus hábiles dedos el papel de plata y el tembloroso helecho"; de los "materiales vaporcitos de un penique que bajaban sus chimeneas al deslizarse bajo el puente. Y concluye: "Creo que mi alma nació de estas cosas triviales." ¿Qué poeta no podría decir otro tanto?
Hay una luz normal de la vida que escapa a toda sublimación y que sin embargo es la más sustentadora. No se podría oír todas las mañanas la magnífica aria de Tristán e Isolda, y el humilde sinsonte no nos cansa jamás. Sólo un genio podría haber escrito Tristán, pero sólo un dios podría haber creado la yerba o enseñado el pan nuestro.
Si lo triste enriquece, contribuye también a la alegría. Lo que más nos importa, en las cosas y sobre todo en las personas, no son sus ideas, no son sus propósitos, por elevados que éstos sean, sino su esencia misma, lo que emana de ellas involuntariamente, como el olor de la resina del tronco. Un enteco maestro, un puritano, puede hacer aborrecible la moral a un niño y un payaso en cambio despertarle su sentido del humor, de la compasión, de la simpatía, de la benevolencia. Se reza involuntariamente porque estas cosas no desaparezcan del mundo.
La literatura, el teatro, la novela, han contribuido muchas veces a hacer atractivos el error, el crimen, el absurdo, la profunda necesidad de transgresión que habita en todo hombre. Sólo la poesía tiene el secreto de la fidelidad al ser y saber atravesar las lindes sin destruirlas, como la luz al cristal. La moral está mucho más desacreditada, todo su vocabulario resulta inservible. "Honorable", "honesto", sugieren en el joven imágenes de doblez, limitación o hipocresía manifiesta. Aún la palabra "bueno" resulta débil, cuando debiera ser una palabra deslumbrante. Las realidades opuestas tienen un vocabulario menos deformado y una literatura sin duda superior que no es raro que resulte desgraciadamente más atractiva. La infidelidad humana tiene su Tristán e Isolda y la divina su parábola del hijo pródigo. Nada semejante cuenta la obediencia y todas esas realidades que tienen quizás un nombre mucho más bello que el que nos enseñaron, pero que toda la poesía del mundo parece insuficiente para expresar. La poesía debiera crear, de hecho está tratando de crear siempre, que otro lenguaje. Menos importante que hacer de ese lenguaje un lenguaje excepcional o un lenguaje común (cansa ese juego fatal y al parecer necesario de las "reacciones a"), es que ambos recuerdan lo que debió haber sido el lenguaje natural del hombre. Las mismas palabras "grande", "superior", "excepcional", revelan un vocabulario de enanos, y cualquiera que sea nuestra personal incredulidad acerca de una caída teológica, de un cataclismo inmemorial, bastarían algunas grietas del idioma o (sin llegar siquiera a la conducta) de la simple hermosura del rostro humano, para revelarlo. Al joven literato que se siente más allá de ciertas envejecidas categorías por un desdén, en buena parte legítimo, hacía la hipocresía que ocultan, recordaríamos que si al cortar la cizaña, cortan también el trigo, no quedará más que el hambre sobre la tierra.
El hecho de que la poesía no sea de ninguna manera un reino autónomo, "por encima" de la moral, etcétera, y que el esteticismo a lo Wilde resulte hoy más anacrónico que peligroso o más desolado que cínico, no debiera llevar a una tosca programación, hecha en el seno del poema mismo, en que la nobleza o veracidad de la "tesis" excuse de darle un tratamiento más hondo, más íluminador de las verdaderas relaciones, acaso más misteriosas, de la moral y la poesía. Cuando Keats cree leer en la urna griega "Beauty is truth; truth beauty" nos hace sentir con menos fuerza la verdad y belleza de este misterio primigenio que cuando hace decir en sus versos a un tordo. "Nada sé, y sin embargo, la tarde me escucha.
Ni los apartados "poetas malditos" del XIX, ni los "comprometidos" moralistas de hoy nos dejan sólo sus propias malas o buenas intenciones: la poesía las atraviesa siempre, más allá, o más acá, de lo que el poeta piensa o decide. ella intenta y logra (o no) otra aventura, y con sus mismas palabras, -cuenta otro cuento: ella tiene su propia manera de servir. La poesía no es el reino del "deber ser sino del ser", de aquí que toda programación, todo propósito, moral o inmoral, rebaje al arte, le dé una cierta limitación. El moralizador, ese solista, olvida que conmover, como dijera Martí, es moralizar. La poesía quizás sea la moral venidera, como que es la más antigua, la que de hecho siempre nos ha educado y mejorado sin pretenderlo, como el hijo es educado y mejorado por la madre no a través de lo que ella le dice sino de lo que no le dice, y él siente, rodeándolo como un manto. Es esa poesía invisible la que la sustenta todo: la acción más pura y la más pura contemplación. Su fuente no se sabe: la bondad primera, una voz, un rostro, algo que, quizás, hemos olvidado. La Naturaleza es fuente de inspiración moral permanente. Todos estamos influidos, sin notarlo, por la belleza natural que nos rodea, las luces que se hunden, las albas que vuelven.
Todo poeta sabe que los poetas son los otros, los que no escriben versos, y no sólo los servidores magnos (como recordaba el poeta Barnet) sino aún los más humildes, la hermana que cose en la habitación de al lado, la bocanada fresca que entra cada mañana cuando abrimos la puerta, el canario en el balcón. Una mujer que se sabe bella, ya lo es menos. Del mismo modo, nadie podría "sentirse" poeta sino por ese único punto en que deja de serlo, y quizás sólo hemos sido verdaderos poetas en los raros instantes en que no nos dimos cuenta de ello.
Pensé iniciar estas palabras diciendo que yo no sé lo que es la poesía. Pero después de la famosa frase del más sabio de los hombres me temo que ésta sea una declaración demasiado arrogante. A mis diecisiete años yo sabía muchísimas cosas más acerca de la poesía. Como cualquier joven ignorante, lo sabía, naturalmente, todo. Recuerdo que escribí un tratado de unas cuarenta páginas del que ahora hubiera podido valerme si no fuera porque un pobre hombre, aprovechando mi previsible distracción, me robó la bolsa que contenía el voluminoso trabajo que sólo pude reconstruir después en parte. Por desdicha mía y suya, en la bolsa tenía sólo cinco centavos. Siempre compadecí a aquel ladrón que creyó encontrar algo con qué aliviar su miseria y sólo halló una arrogante disertación sobre la poesía. Con qué aborrecimiento tiraría mis papeles a un rincón. Poesía sería para él un plato de sopa bien caliente, un colchón nuevo, un abrigo. Muchas veces imaginé el miserable cuartín en que debió haber abierto su desolado tesoro y me sentí maldecida por aquel desconocido que esperaba, sin duda, otra cosa mejor. Poder reparar de una vez por todas ese error, no defraudar de nuevo esa esperanza, siento que es lo único que nos daría a todos el derecho para volver a hablar de la poesía.
Breviario poetico (sin orden cronológico)
CINE MUDO
No es que le falte el sonido, es que tiene el silencio.
AMA LA SUPERFICIE CASTA Y TRISTE
"Sé el que eres" Píndaro
Ama la superficie casta y triste. Lo profundo es lo que se manifiesta. La playa lila, el traje aquel, la fiesta pobre y dichosa de lo que ahora existe
Sé el que eres, que es ser el que tú eras, al ayer, no al mañana, el tiempo insiste, sé sabiendo que cuando nada seas de ti se ha de quedar lo que quisiste.
No mira Dios al que tú sabes que eres -la luz es ilusión, también locura- sino la imagen tuya que prefieres,
que lo que amas torna valedera, y puesto que es así, sólo procura que tu máscara sea verdadera.
Y SIN EMBARGO SÉ QUE SON TINIEBLAS
Y sin embargo sé que son tinieblas las luces del hogar a que me aferro, me agarro a una mampara, a un hondo hierro y sin embargo sé que son tinieblas.
Porque he visto una playa que no olvido, la mano de mi madre, el interior de un coche, comprendo los sentidos de la noche, porque he visto una playa que no olvido.
Cuando de pronto el mundo da ese acento distinto, cobra una intimidad exterior que sorprendo, se oculta sin callar, sin hablar se revela,
comprendo que es el corazón extinto de esos días manchados de temblor venidero la razón de mi paso por la tierra.
AY, CUBA, CUBA...
Ay Cuba, Cuba, esa musiquita ahora, de las entrañas, que conozco como un secreto que fuera mío y no tuyo, tú que eres porque no te has conocido nunca, óyeme, no te vayas detrás de esos extraños como una provinciana ilusionada por un actor de paso que la deslumbra con trajes gastados de teatro, acuérdate de la portada azul con lomerío atrás lejano, acuérdate del "mecido" como de cuna sobre la hoja, y el "va y ven" que entra y sale como un mar del olor del jazmín de noche, acuérdate de tu pulcro vestidito "de tarde": no te vayas detrás de esos extraños, que cuando abras los ojos ya te habrán secado el alma y demudado el rostro que yo te amaba. Erguida, modesta, valientel Ay, no serás nunca madre nuestra sino hija, Cuba, Cuba, loca mía, desvarío suave? Ay, pudiera yo protegerte cantándote tus propios sones de conocimiento "color de arcano", pudiera protegerte con tu propia rapidez tu honda lentitud! Pudiera decirte: no subas a esa alta montaña que tiene al pie todos los bienes de la tierra rebrillando aciagos, tú que nada supiste poseer, secreta y sola como alta palma, flor de desierto. Pudiera proteger los sones que me acunaron y que ahora oigo como si faltara ya poco tiempo para que fueras a morir. Escapa, escapa, pelota, pez, colibrí, escapa, a todas las posesiones, a todas las certezas, a todas las negaciones, a todas las dudas, escapa, cefirillo, de la nube negra al hondo azul. Azul es tu prestancia y lo azul tu secreto. Escapa, como mirada de preso, al aire y al espacio tuyos! 0 salta, enloquece, búrlate, "mi bien", son suave, piérdete, acomete, abeja, miel, sinsonte, jilguerillo, a la sabana moteada, carmín, al "verdeclaro". Que no te toquen, cuerpo glorioso, patria. Porque siempre fuiste "edén" de las primeras miradas que te vieron, "edén" de la trova humilde, principio y fin, paraíso: nada sino esto agarraste, nada sino esto entendiste, lejanía, nada sino que no era esto sino otra cosa que no podías entender bien. Ensoñación modesta, no te toquen. Yo sé que te vas y vuelves, vaivénl Que te meces y me meces, cadencial Que te vas "lejos, pero no muy lejos", aquí en el allí. Yo sé que tus palmas no rindieron homenaje al Hijo sino a su Huida! Por eso te pido ahora: reconoce! Regresa, Ave, con la Salutación!
VISITACIONES
1
Cuando el tiempo ya es ido, uno retorna como a la casa de la infancia, a algunos días, rostros, sucesos que supieron recorrer el camino de nuestro corazón. Vuelven de nuevo los cansados pasos cada vez más sencillos y más lentos, al mismo día, el mismo amigo, el mismo viejo sol. Y queremos contar la maravilla ciega para los otros, a nuestros ojos clara, en donde la memoria ha detenido como un pintor, un gesto de la mano, una sonrisa, un modo breve de saludar. Pues poco a poco el mundo se vuelve impenetrable, los ojos no comprenden, la mano ya no toca el alimento innombrable, lo real.
2
Uno vuelve a subir las escaleras de su casa perdida (ya no llevan a ningún sitio), alguien nos llama con una voz querida, familiar. Pero ya no hace falta contestarle. La voz sola nos llama, suficiente, cual si nada pudiera hacerle daño, en el pasillo inmenso. Una lluvia que no puede mojarnos, no se cansa de rodear un día preferido. Uno toca la puerta de la casa que le fue deparada a nuestras manos mortales, como un tímido consuelo.
3
El que solía visitarnos, el que era de todos más amado, suave vuelve a la sala sencilla, cada día más real y más leve, ya de humo. ¿Cuándo tocó la puerta? No podemos recordarlo. Estaba allí, estaba! Y no se irá jamás ni puede irse. No nos trae la memoria las palabras del adiós. Sólo podrá volverse por la puerta de un ruido, de un llamado de ese mundo que borra, ignora y vence.
4
¿Qué caprichosa y exquisita mano trazó, eligió ese gesto perdurable, lo sacó de su nada, como un dios, para alumbrar por siempre otra alegría? ¿Participabas tú del dar eterno que dejaste la mano humilde llena del tesoro? En su feliz descuido adolescente ¿derramaste el óleo? ¿Qué misterio fue el tuyo, instante puro, silencioso elegido de los días? Pues ellos van tornándose borrosos y tú te quedas como estrella fija con potencia mayor de eternidad.
5
Y cuando el tiempo torna impuro un rostro, una vida que amamos en su hora cierta de dar, por siempre más reales que su verdad presente, lo veremos cuando lo rodeaba aquella lumbre, cuando el tiempo era apenas un fragmento de un cuerpo más espléndido, invisible. Todo hombre es el guardián de algo perdido. Algo que sólo él sabe, sólo ha visto. Y ese enterrado mundo, ese misterio de nuestra juventud, lo defendemos como una fantástica esperanza.
6
Y lo real es lo que aún no ha sido! Toda apariencia es una misteriosa aparición. En la rama de otoño no acaba el fruto sino en la velada promesa de ser siempre que su intacta forma ofreció un momento a nuestra dicha. Pues toda plenitud es la promesa espléndida de la muerte, y la visitación del ángel en el rostro del más joven que todos sabíamos que se iría antes pues escogía el Deseo su sonrisa nocturna.
7
A aquel vago delirio de la sala traías el portal azul del pueblo de tu niñez, en tu silencio abríase una lejana cena misteriosa. Cayó el espeso velo de los ojos y al que aguardó toda la noche abrimos. Partía el pan con un manto de nieve. Con las espaldas del pastor huiste, cuando volviste el rostro era la noche, todo había cambiado y sin embargo en la granja dormían tranquilas las ovejas.
8
¿No sentías que ardía tu corazón cuando nos hablaba de las Escrituras? (Los peregrinos de Enmaús)
Huésped me fue palabra misteriosa. Huésped es el que viene de muy lejos, de algún pueblo que nunca habremos visto. Huésped es el que viene por la noche, toca la aldaba de la puerta y todo el umbral resplandece como nieve. Huésped es quien se sienta a nuestra mesa sólo por una noche, y no se acierta sino ya a oír lo que su boca dijo. Huésped es el que alegra con su rostro, y alumbra con sus manos nuestro pan, y no logramos recordar su nombre. Huésped es el que ha de partir, al alba.
9
There is a wind where the rose was Walter de la Mere
Oh vosotras, lámparas del otoño, más fragante que todos los estíos! ¿Por qué ha de ser aquel que devenimos con el tiempo, más real, menos efímero, que aquel que fuimos a tus luces pálidas? ¿Por qué el polvo desierto, la agonía junto a las armas bellas, quedan sólo del resplandor de la victoria? Lejano es todo vencimiento. En otro espacio sucede, más allá del moribundo rostro que hunde la gloria y deja ciego junto al viento que lleva las banderas espléndidas que huyen. Fiera es toda victoria.
10
Amigo, el que yo más amaba, venid a la luz del alba
Cómo ha cambiado el tiempo aquella fija mirada inteligente que una extraña ternura, como un sol, desdibujaba! La música de lo posible rodeaba tu rostro, como un ladrón el tiempo llevó sólo el despojo, en nuestra fiel ternura te cumplías como en lo ardido el fuego, y no en la lívida ceniza, acaba. Y donde ven los otros la arruga del escarnio, te tocamos el traje adolescente, casi nieve infantil a la mano, pues que sólo nuestro fue el privilegio de mirarte con el rostro de tu resurrección.
11
Since I haye walk'd with you through shady lanes... Keats
¿Quién no conoce ese sendero en sombras, ese continuo hablar, interrumpiéndose el uno al otro amigo, en el gozoso diálogo hasta la puerta de la casa, servida ya la cena? ¿Quién no escucha las nocturnas pisadas en la acera tornarse más opacas al cruzar por la yerba que nos trae al amigo, al bien llegado? ¿A quién, ya tarde, no le cuesta mucho despedirse y murmura generosos deseos, inexplicables dichas, bajo los fríos astros?
12
...qui laetificat juventutem meam...
Sólo vosotras, bestias, claros árboles, podéis seguir! Mas, eterno es el hombre. Salvaje privilegio de la muerte, heredad sólo nuestra, mientras derrama el astro su luz sobreviviente sobre ese rostro altivo de ser fugaz, junto a los ciclos fijos, y ese verdor, eterno! Se fue yendo la gloria de los rostros más amados, y tornamos, como ola ciega, al tiempo del cuerpo incorruptible que esperaste y no pudimos retener, llorando en la perdida lámpara, las voces, lo que encuentro creímos y es partida. Oh lo real, el mundo en el misterio de nuestra juventud, que nos aguarda! Nos ha sido prometida su alegría. Nos ha sido prometido su retorno. Eres lo que retorna, oh siempre lo supimos. Pero no como ahora, amigo mío.
SI MIS POEMAS
Si mis poemas todos se perdiesen la pequeña verdad que en ellos brilla permanecería igual en alguna piedra gris junto al agua, o en una verde yerba.
Si los poemas todos se perdiesen el fuego seguiría nombrándolos sin fin limpios de toda escoria, y la eterna poesía volvería bramando, otra vez, con las albas.
NO, NO, MEMORIA...
No, no, memoria del pasado día vengas sobre este sol y césped santo. No vuelva yo a invocar refugio tanto de lo que así se crece en despedida.
Quédeme tu intemperie y mi porfía de caer, de volver de nuevo a alzarme, no la raída pasamanería que alza mi polvo y que tu luz deshace.
No me hartes de mí que hartazgo tanto no soporta mi poca luz vencida. Mas mi ayer fue tu hoy: no halle quebranto.
Volver a lo pasado no es mi ruego... ¿Pero y aquel aroma de la vida? Retenga su promesa, no su fuego.
A LOS HÉROES DE LA RESISTENCIA
(En el llano, en las ciudades: a todos los que fueron mártires.)
Dios mío, tú no les darás a los que padecieron atrozmente por la justicia, a los enterrados vivos, a los que les sacaron los ojos o les arrancaron los testículos, a los amenazados en lo más vulnerable, la mujer o los hijos, tú no les darás la gloria efímera de un nombre que se repite vagamente en las conmemoraciones patrias, un día que sirve para que vayan a las playas o el estudiante se reúna con su novia, tú no pondrás su retrato a la puerta del taller o le pondrás su nombre a alguna escuela, tú no les darás esos premios hermosos, pero sin duda definitivamente insuficientes, un estandarte glorioso que mueve a las muchedumbres a los nuevos heroísmos necesarios, pues esto, con ser tanto, todavía es tan poco para la irreprimible exigencia del corazón, y todavía sería quedar en deuda con ellos, pues la justicia de amor ha de ser otra, la que desea la esposa para el esposo, el amigo para el amigo, el hermano para la hermana, la madre para el hijo, tú le darás lo único capaz de saciar la exigencia más alta y nada menor que esto, llegará la hora de la infinita dulzura no correspondida, del amor mil veces defraudado, lo que espera vagamente en el rostro de toda adolescente, la hora del encendido amor, la hora de la que dijo el poeta: los mutilados de las guerras que volverán sanos a sus hogares, será el consuelo profundo, el que sorprende revelando hasta qué punto no habíamos sido antes consolados, la hora que llene el vacío del satisfecho y el vacío del insatisfecho, la hora de la dicha que siempre esperó el corazón, porque en el momento de la agonía no pudo ser consuelo suficiente saber que no sería en vano, ni todas esas frases del ejemplo que no muere y de que el héroe no ha muerto, porque el héroe se muere y se muere siempre solo porque tuvo que haber un instante de absoluta soledad, agonía del cuerpo y agonía del espíritu, un instante al cual nada tenían que ofrecer la historia ni los partidos, instante sacro del por qué me has abandonado, pero ese instante, Dios mío, tú no lo olvidarás, el Amor no puede olvidar al amor, el Amado a la amada, tú uno a uno guardaste sus pasos, no esconderás su rostro, tú lo harás reclinar junto a tu pecho el día del regreso, a la muerte de los héroes tú no la conmemorarás con un día de duelo sino con la eternidad de la alegría, no les darás la bienaventuranza que ofreciste a los puros y es que ellos verían a Dios en su pureza, ni la de los pacíficos, a quienes prometiste que ellos poseerían la tierra, ni la de los que lloran de los que dijiste que ellos serían consolados, sino la más alta bienaventuranza, la última, la promesa: pero bienaventurados los que padecieron por la justicia porque de ellos es el reino de los cielos.
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Datos biográficos de Fina García Marruz

Nació en La Habana el 28 de abril de 1923. Graduada en Ciencias Sociales. Perteneció al grupo de poetas de la revista Orígenes (1944-1956) junto a su esposo Cintio Vitier. Desde 1962 trabajó como investigadora literaria en la Biblioteca Nacional José Martí y desde su fundación en 1977 hasta 1987 perteneció al Centro de Estudios Martianos, donde alcanzó la categoría de Investigador Literario, integrada al equipo realizador de la edición crítica de las Obras Completas de José Martí. Su poesía ha sido traducida a varios idiomas (cf. especialmente Poeti ispanoamericani del novecento, por Francesco Tentori Montalto, Milano, 1987). Entre otras antologías, figura en las realizada por Carmen Conde: Once grandes poetisas hispanoamericanas, Madrid, 1967; y en la de Margaret Randall: Breaking the silence, Vancouver, Canada, 1982. Se le otorgó el Premio Nacional de Literatura en 1990. En ese mismo año apareció el estudio de Jorge Luis Arcos En torno a la poética de Fina García Marruz.
Algunas distinciones
-Orden Alejo Carpentier
-Distinción por la Cultura Nacional
- Distinción Raúl Gómez García
- Medalla Fernando Ortiz de la Academia de Ciencias de Cuba
- Medalla 30 Aniversario de la Academia de Ciencias de Cuba
- Distinción 23 de agosto de la Federación de Mujeres Cubanas.
- Profesora emérita de la Universidad de La Habana
- Hija adoptiva de Bayamo
Obra publicada (cuando no se indica el lugar de publicación es La Habana.)
Poesía
Poemas , 1942.
Transfiguración de Jesús en el Monte, 1947.
Las miradas perdidas, 1951.
Visitaciones, 1970.
Viaje a Nicaragua, con Cintio Vitier, 1987.
Poesías escogidas, 1984.
Créditoas de Charlot, 1990 (Premio de la Crítica 1991).
Los Rembrandt de l'Hermitage, 1992.
Viejas melodías, Caracas, 1993.
Nociones elementales y algunas elegías, Caracas, 1994.
Habana del centro, 1997.
Antología poética, 1997.
Poesía escogida, con Cintio Vitier; Editorial Norma S.A., Bogotá, 1999.
Ensayo
Estudios críticos, con Cintio Vitier, 1964.
Poesías de Juana Borrero, 1967, 1977.
Los versos de Martí, 1968.
Temas martianos, con Cintio Vitier, 1969.
Bécquer o la leve bruma, 1971.
Flor oculta de poesía cubana, con Cintio Vitier, 1978.
Hablar de la poesía, 1986 (Premio de la Crítica 1987).
Temas martianos, segunda serie, 1982.
La literatura en el Papel Periódico de la Habana, con Cintio Vitier y Roberto Friol, 1991.
Temas martianos, (tercera serie), 1993.
La familia de Orígenes, 1997.
Otras ediciones críticas
Poesías y cartas, con Cintio Vitier, 1977. Textos antimperialistas de José Martí, 1990.
y de: El PRIMER FUEGO
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